El joven banquero
Aquel banquero mesurado
de gastados pantalones,
labios finamente delineados
y prematura calvicie,
a quien su médico en la guerra
le prohibió escribir prosa
por seis meses, no fuera a morirse
de un ataque de melancolía
—¡Oh, Dios, qué delicado
para solo tener veintiséis años!—
descubrió entonces el infierno
y que los condenados llevaban
sombrero hongo, paraguas
y chaleco como él, y vio
a las ninfas en el Támesis
donde oyó Blake los gritos
de putas quinceañeras.
Pesadillas, temores, obsesiones
hicieron adusta su cara,
lo paralizaban imaginarios males
y preocupaciones del todo literarias.
Era muy ducho en parodias
y en textos publicitarios
y se preciaba de su gran humor
aquel joven conservador,
aristócrata del Nuevo Mundo
a la conquista del viejo,
que se hizo monarquista,
miembro de la iglesia de Inglaterra,
papista y antisemita vergonzante,
gran lector de sus versos,
teatrero metafísico
y consumado bebedor de té,
y que tenía una esposa bastante ida
que le tiraba las mangas
para llamarle la atención
cuando estaban con gente,
y le cerraba la puerta en las narices
a sus frustrados admiradores,
preguntándose furiosa entre dientes:
“¿Por qué vienen a ver a mi marido
y nadie quiere hablar conmigo,
su musa, su bien y su justo castigo?”.
de Nicolás Suescún,
en Jamás tantos muertos, Universidad Externado de Colombia, 2008.