Un vagabundo
Esa noche pasé por su lado otra vez
y le oí decir que nada tenía
sino el duro asfalto.
Hablaba de sí mismo en tercera persona,
un largo recitado de amarguras,
ese guiñapo humano de piernas tumefactas
que dormía en la calle
a dos cuadras de mi casa,
y pintaba también a una sensual mujer
en eróticas escenas a la orilla del mar,
que parecía, como Venus, nacer de la espuma.
Eran dulces baladas de amor
cantadas por una momia chibcha,
bajo un letrero que decía
carnets de salud
con grandes letras rojas.
Y como un bisturí, el viento de Cruz Verde
se hundía en su cuerpo
y ahondaba la herida de la memoria.
de Nicolás Suescún,
en Jamás tantos muertos, Universidad Externado de Colombia, 2008.
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