El pabellón era un largo corredor con doce calabozos...
Al fondo, el baño
(¡Un solo baño y 24 prisioneros!)
¡Siempre estaba ocupado!
El calor era una rata mordiendo la carne de los hombres.
El mal olor subía como una caravana.
Alguien, de pronto, se ponía a llorar.
Otro soltaba una blasfemia.
Aquel, simplemente, cantaba.
Había veces, como esta,
en que el pabellón era un archipiélago:
Cada quien se envolvía en su desesperanza.
El mal humor surgía.
La palabra era entonces perfil de cuchillada
y un puñal de odio antiguo se asomaba a las manos.
Entonces el viejo campesino sacaba su guitarra.
El mar enviaba peces.
El viento era un pañuelo colgado en la ventana.
La lluvia era una niña desnuda por el campo.
La noche silenciosa traía hierbabuena
y el río era un muchacho repartiendo naranjas.
de Hugo Fernández Oviol,
en Como una brasa que ha seguido encendida - Antología de poesía venezolana, El perro y la rana, 2016.
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