Las palabras necesitan de un contexto histórico, político, social, cultural, económico y biográfico para significar. Exhorto a lxs lectorxs/militantes a realizar un viaje de conocimiento acerca de lugares, tiempos y autorxs para enriquecer la experiencia literaria que propongo en este espacio. Gracias.
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lunes, 11 de mayo de 2026

Nada extraordinario

Nada extraordinario

Yo no pido nada extraordinario:
a nadie he dicho, por ejemplo,
córtate la mano derecha
y entrégamela entre rebanadas
de pan blanco.

¿Acaso he dicho a alguien:
olvídate del nombre de tu madre
y cava una inmensa sepultura
en el vientre de tu hermano?

No. Yo no pido nada extraordinario
ni uno solo puede desmentirme
cuando digo:
yo no he pedido a nadie
que se saque los ojos
para que el sol le lama
la cicatriz del llanto.

Es más,
a nadie he pedido todavía:
amamanta la mitad de tu sed
para que me regales
la mitad de tu agua.

Yo sencillamente he dicho:
No quiero que mi hermano
sufra hambre,
no quiero que le roben
su trabajo,
no quiero que sea muerto
en tierra extraña...

Y sin embargo,
hay gente enfurecida
dispuesta a romperme
la guitarra,
empeñada en disecar
mi voz,
sobre el madero oscuro
de una encrucijada,
resuelta a convertir
mis huesos
en harina amarga
y carcelaria...
Yo no los comprendo, amigo,
yo no pido nada extraordinario.

de Hugo Fernández Oviol,
en Como una brasa que ha seguido encendida - Antología de poesía venezolana, El perro y la rana, 2016.

jueves, 26 de marzo de 2026

El pabellón era un largo corredor con doce calabozos...

El pabellón era un largo corredor con doce calabozos...
Al fondo, el baño
(¡Un solo baño y 24 prisioneros!)

¡Siempre estaba ocupado!
El calor era una rata mordiendo la carne de los hombres.
El mal olor subía como una caravana.

Alguien, de pronto, se ponía a llorar.
Otro soltaba una blasfemia.
Aquel, simplemente, cantaba.

Había veces, como esta,
en que el pabellón era un archipiélago:
Cada quien se envolvía en su desesperanza.

El mal humor surgía.
La palabra era entonces perfil de cuchillada
y un puñal de odio antiguo se asomaba a las manos.
Entonces el viejo campesino sacaba su guitarra.
El mar enviaba peces.
El viento era un pañuelo colgado en la ventana.
La lluvia era una niña desnuda por el campo.
La noche silenciosa traía hierbabuena
y el río era un muchacho repartiendo naranjas.

de Hugo Fernández Oviol,
en Como una brasa que ha seguido encendida - Antología de poesía venezolana, El perro y la rana, 2016.